Y una pizca de eso
I.
Un general (un General Hurtado) se hace con un tricornio, un sobretodo largo, y con bigotes. Los Monías se forman con pelucas, cuchillos de cocina y colas de mono; las colas, sin embargo, no se ven. Los señores gordos son señores sin pelo, y son muy gordos. Sus carnes se acostumbran con el tiempo a los golpes del cuchillo; hay algunos, se dice, que no pueden vivir sin una dosis diaria de puñales. Monías, en vez de perseguirlos, empieza a escaparse cada vez más seguido, hastiado de los entes sudorosos que lo siguen de cerca. Monías empieza a usar un cuchillo de goma; los pobres gordos lloran, dejando en el lugar un charco como el caucho. Reprobatorio mira el general, y tapa con tricornios cada ex-gordo en el suelo.
II.
¡Qué día aquél en el que el barco llega! Su carga se dispersa por la isla, al paso lento del que lo aprendió así. Las rubias flacas se mezclan con los otros; ahí aparece, ahí, la rubia flaca, por el médano blanco de la Teta Primal. Ahí va, ahí va la rubia, levantando tricornios al descuido, diciendo “gordi, gordi”, paseando un poco más. Aparece la rubia perturbando el babeo filozen del General Hurtado, que aprendía a balancearse de adelante hacia atrás. Y llega por fin al Motorito, inmóvil y marmóreo con su cuchillo en ristre. Pasa la rubia, pasa, y tiembla imperceptible la mano del cuchillo, que denuncia al caer una hoja de goma. Sonríe el general, y saca del tricornio un brillante cuchillo. Un segundo, y ya corre Monías a la rubia, que profiere grititos que se van. El General Hurtado chupa con fruición las puntas de café de sus bigotes y se balancea de nuevo de la punta al talón; la felicidad es una suela eterna.
viernes, 19 de enero de 2007
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