domingo, 4 de febrero de 2007

La palabra que anula el final (IV)

Roles que ruedan

I.
Cuarenta y ocho refugiados ocultos bajo los pliegues del abrigo hurtadino: su temblor se confunde con el de su anfitrión cuando Monías pasa mirando para allá. Lejos está ya la motorítica figura cuando el abrigo del Santo Patrón de la Piedad y del Miedito deja salir lo precioso que oculta, cuerpitos emergiendo: los gordos temblorosos con carnes que se inflan y se desinflan con el viento nomás, rubias sin pelo, cuchillos que hacen pum, pelucas huecas, tricornios al revés. El ojo adornado del Amo de la Baba se fija en algo que se mueve, y los labios con grietas forman palabras sin sonido: Rubia Retia.

II.
Refugiados y gordos con papel, rubias bien hechas y pobres uanabí, sombreros como deben y otros sin armar, cuchillos justos y romos sin probar, todo ese público/ esperaba con ansia lo esperado, el conflicto final, definitivo: el Motorito, el mítico campeón inamovible, contra la Hija del Viejo, la Misterio, la del pelo siniestro que no puede/ definirse sin conjuntivitear, el secreto llamado Rubia Retia. En su esquinita, los hurtadinos ojos, produciendo líquido a regalar, esperan todo. Cada paso que dan los gigantes/ se acompaña de silencio total, que se pierde en el aire como un fémur cuando el choque no está: nadie pelea. Se acercan los colosos frente a frente, giran, y vuelven a su rincón. No hay combate, no hay cambio de corona, no hay entente tampoco: nada, nada. El general se mira los bigotes, en cuyas puntas el café se secó, y refrena el impulso de buscar otra taza. Los titanes se alejan, ni juntos ni alejados; simplemente se van de donde están. Las figuritas miran, a un lado y a otro; unos festejan, otros rompen carteles mal escritos en casi su total. Se van bailando, llorando el paso de una danza en bruma, con la risa en los ojos de todas sus bolsitas. El general los ve y busca luego/ los contornos de la montaña amada. Se tapa las orejas y hace fuerza: cuántos hilos de baba le hacen falta/ está recóndito en una de esas notas que andan por ahí. A la distancia cuchillos mueven pisos arenosos/ despacito; unos sombreros ensayan unos pasos de más, pero nunca es lo mismo sin figuras centrales. Influenciarlas es sólo patrimonio de pocos o de muchos, que se revelan a sí mismos en ese instante así, verdades generales que hacen barrera contra el orden del muá; que quede sólo eso junto al límite. La arena se desplaza, como el barco en el agua color raro; se va nomás, se va. Y luego vuelve, se supone: el general no sabe más.

2 comentarios:

El esclavo de la baba dijo...

"El Amo de la Baba". Motorito es un antídoto para intoxicaciones que no sospecho pero que seguro tengo en grado avanzado.

El Lector Modelo dijo...

Estimado Esclavo,

me resulta difícil imaginar qué puede llegar a curar semejante energúmeno, pero me alegro que le resulte provechoso. Me fascina la regunta que deja planteada: ¿Motorito es un antídoto para una intoxicación de qué? Va mi hipótesis: Motorito cura el exceso de buen gusto. Se aceptan otras.

Feliz, feliz, alegre, alegre,

El Lector Modelo